La muerte de Stalin – Nury y Robin

Una historia verdadera… soviética.

En el cómic franco-belga existe una potente corriente de recreación histórica, un tipo de cómic que en nuestro mercado suele ser bien aceptado por el público y no tanto por la crítica más especializada que en estos tiempos anda más deslumbrada por la risografía, el vanguardismo ininteligible y el revival, tan ochententero, de la linea chunga y el lumpen viñetario. En esta corriente histórica ya demostró Nury su maestría con una obra excelente, Érase una vez en Francia, que en España fue publicada en tres tomos por Norma editorial.

En La muerte de Stalin los autores aprovechan los hechos reales, la historia, para, añadiéndole partes ficcionadas, crear una teoría de los hechos. Con Nury en el guión y Robin en el dibujo, los pilares para que la obra sea interesante están bien puestos y son sólidos.

El libro parte del momento de la muerte del dictador georgiano para contar los intrincados caminos de la política y del comité central, de las desconfianzas, miedos, amenazas, maniobras y sobre todo, la lucha de poder que los hombres de confianza de Stalin comienzan con el cuerpo de este aún caliente. Con un tono ciertamente oscuro y hasta tétrico, a través de unos personajes perfectamente retratados, vivimos el enfrentamiento entre Beria y Khrushchev y vamos navegando por los complejos caminos que estos van tejiendo en su carrera al Kremlin, y como sus compañeros de comité, flotan esperando no ahogarse en la tempestad que en cualquier momento se va a desatar.

El trabajo en el guión de Nury hace que la narración sea fluida y adictiva, manejando perfectamente el juego político de alianzas y traiciones y conformando un personaje oscuro, calculador y deleznable, el de Beria, como el demiurgo de un stalinismo sin Stalin. Desde luego si los hechos no son todos verdad, bien podrían serlo, la lucha de poder de aquellos hombres curtidos en guerras mundiales y purgas debió ser algo así. El dibujo resuelve muy bien el compromiso entre la veracidad, son todos personajes reales, y la propia identidad del cómic, no deja de tener algo de caricaturesco pero refleja perfectamente la perfidia, por ejemplo, de Beria. Robin hace un trabajo excelente con el color, alternando viñetas de oscuridad tenebrosa con momentos de luz vívida y grandilocuente, acertando en cada momento con la atmósfera que requiere la narración.

En estos tiempos de personajes en leotardos, explosiones y pensamiento plano como el intelecto de Trump, se agradecen estas refagas de la BD francesa, que sigue a ser el refugio de la cultura de tradición europea y de las historias bien contadas.